De cobardes y mujeres autónomas

Publicado: 14 noviembre 2016 en Antropología, Mujeres, Política colombiana

Hay un cascarón grande, de superficie áspera e interior maloliente a donde los cobardes machitos de todos los siglos de los siglos se van a refugiar para nunca reconocer sus prácticas machistas abusivas, ni sus errores, nunca pedir perdón y nunca jamás enfrentar a una mujer empoderada y segura de su causa. Ese es uno de los privilegios masculinos: tener ese cascarón para esconderse cuando las cosas se calientan. O detrás de la falda de la mamá. O de otras mujeres.

Ahí van los que golpean a las mujeres y después le huyen a la policía o le ruegan al fiscal que no los metan a la cárcel que él nunca ”hizo nada”, ahí vá el que engendró un hijo y luego prefiere perderse y hacer así ”aborto” de hombre para no responder por el pelaito o pelaíta, ahí corre Trump cuando dice que lo que dijo era una ”charla entre amigos” y ”charla de camerino”, ahí corre el novio que le es infiel a la novia y en la cama le cuenta a la amante que es que él cree en el amor libre (él sí pero la novia nó) y nunca le reconoce a su novia sus más profundos pensamientos filosóficos sobre el amor y de paso que ya lo ha practicado, y ahí corre el izquierdoso que en la organización bloquea un comunicado de mujeres que exige más representación femenina en espacios de decisión pero no se atreve a reconocer o pedir excusas por haberlo hecho por la espalda y saltándose las reglas establecidas. Es decir, por haber usado sus privilegios.

Me he encontrado en experiencias propias con dos de los tipos descritos (además de Trump con el que todas las mujeres del planeta, o al menos las que tenemos TV e internet nos hemos dado duro en la frente). El más reciente es el izquierdoso, el bloqueador de comunicados.

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Autonomía y Poderío de la mujer

Este es uno de los tipos que más abundan en la izquierda colombiana y en la diáspora. Este es el que cree en la ”participación”, el que cree en la ”justicia social”, el que lucha por todo lo bueno contra un enemigo de mucho mayor poder. Este se cree David contra Goliat, este enamora con su discurso de justicia, este es el que llama a las compañeras por su diminutivo (”laurita”, ”claudita”), que firma ”abrazos” y es todo fraternal. Todo un luchador, todo un caballero, todo un tipo de izquierda.

Pero este es también el que no soporta la autonomía de las mujeres y frente a cada paso de autonomía de ellas ve una amenaza contra su ”causa”, un terrible terremoto neoliberal que debe ser atajado desde ya. Aunque preferiblemente por debajo de cuerda. Porque este izquierdoso, como todo machito, es cobarde y tiene que recurrir a mecanismos imaginativos, qué digo, ojalá fueran imaginativos! para al menos aprender alguna cosa!. No. Recurre a las clásicas estrategias: primero llamar al amigo que se ha leído uno o dos libros de género y cuyo rol principal es explicarle a las mujeres del grupo (sobre todo a la más revoltosa) qué es el patriarcado y que ello no tiene nada que ver con ”hombres” y ”mujeres”. A este amigo lo llama para que reescriba un comunicado suavizando la ira de las mujeres. Y después de aprobado el comunicado suave re-escrito por otro hombre, lleno de teorías abstractas, entonces entra la otra maña: parar el comunicado. Como las mujeres no tienen ni los medios virtuales (llaves del blog) ni otros para hacerlo público, pues quedan simplemente bloqueadas. Además de la vieja táctica de buscar una del mismo género (mujer) para que le apoye la movida (es claro que ser mujer no implica tener consciencia de género). Pero ahí no para. Después de todo esto, el izquierdoso además pretende no presentar excusas cuando es llamado a que las haga, ni a dar explicaciones. Manda el amiguito que se ha leído dos textos de género. Y nunca responde más. Porque no le dá la gana. Porque está enseñado a que él tiene el poder. El decide quién participa en la pelea de David contra Goliat y quién le lava los calzoncillos mientras él pelea. El decide qué se publica y qué no. Y qué se debe tratar en las reuniones y qué no. Sólo que al final de todo lo firma con un ”abrazos”. Pero no se aparece en las reuniones para con su propia voz decir ”abrazos”. No. El se va y se mete en ese cascarón grande, de superficie áspera y de interior maloliente. A donde van los machitos.

La autonomía de la mujer

El anterior es un caso de la vida real que de hecho pasa ahora mismo. Aquí a mi lado pero también y con toda seguridad, en muchas otra partes del planeta al mismo tiempo. Pero sobre todo hablaré en el contexto de la izquierda colombiana.

La izquierda colombiana no ha podido participar del debate sobre “ideología de género” (término acuñado por la iglesia católica para asustar al mundo e infundir miedo por las brujas modernas y el sector LGBTI) porque sencillamente no sabe qué es “enfoque de género” y por qué luchan las mujeres. La izquierda, y cuando digo “izquierda” aquí me refiero a sus principales líderes en nivel alto, intermedio y bajo que casi todos son hombres, ve sólo una categoría social y una sola lucha: la de clases. Esa y no más. A su interior son una masa de “trabajadores”, “campesinos”, “proletarios”, “académicos”. Las mujeres? Ah bueno, ahí entra lo complejo. Las hay y por el bién de la “causa” deben comportarse como mujeres; es decir: preferiblemente estar ahí para otros. Llevar el café, hacer la comida, preparar lo logístico, servir de secretarias, llevar mandados, ser mensajeras, compañeras sexuales. No tener agenda propia.

Pero también están las otras; las que a viento y marea intentan construir autonomía política. Las que quieren diseñar una agenda. Las revoltosas. Pero en el mundo de revoltosos, lo menos deseado es una revoltosa. A estas se les bloquea a más no poder. Y al final firman con “abrazos”.

Marcela Lagarde, ha escrito mucho sobre la autonomía de las mujeres en el ámbito amoroso, político, social, de la familia, lo lúdico etc. Ella afirma que una tarea pendiente que tienen las mujeres modernas es construir su propia autonomía y recalca que “la autonomía es parte de la estrategia de lucha de las mujeres en el mundo” (Claves Feministias para el Poderío y Atuonomía de las Mujeres, 4). Para Lagarde, la autonomía no es algo dado, la tenemos que construir en la práctica social. No es abstracta, sino que tiene que ser pensada situacionalmente para cada sujeto. No es lo mismo que dependencia, el bebé nace dependiente pero después se va independizando, sin embargo puede ser sujeto no autónomo toda la vida, es decir sin ejercer plenamente una agencia o vivir su vida para sí sino al contrario, siempre vivir en función de otros.

Siguiendo a Lagarde, la autnomía es además construída a partir de procesos vitales, de procesos políticos y sociales, de tal manera que no es algo unilateral. Deben haber condiciones para ejercer la autonomía, no basta decir “soy autónoma” si las condiciones prácticas no están dadas para ejercerla. Para Lagarde, la autonomía es un pacto social. Tiene que ser reconocida por los otros y “tiene que encontrar mecanismos para funcionar”. Es por ello que para las mujeres que intentan construír autonomía dentro de la izquierda les es tan difícil: su trabajo es enteramente unilateral, no es aún recíproco, no es una autonomía reconocida por el colectivo a nivel de organización y movimiento. Por tanto, dentro de las organizaciones mixtas de izquierda no hay condiciones para ejercerla.

A las mujeres se nos cría en la anti-autonomía. Esa es la socialización tradicional hecha a las niñas. Se nos dice que estamos en el mundo para otros. Para cuidar a otros. Para hacerles la vida más fácil a otros. Para entretener a otros y brindar satisfacción a otros. Ese otro puede ser: la pareja, los hijos e hijas, la familia, la cuadra, el barrio, la patria o la causa. Y esos otros vienen a tomar un centro que es más importante que la misma mujer, esos otros desplazan el “yo” y vuelven a la mujer periférica en su propia vida. Siempre los otros son más importantes.

Dice Lagarde en su análisis de la autonomía, que a hombres y mujeres nos educan en diversas formas de autonomía. La autonomía de los hombres está construída sobre la no-autonomía de las mujeres. Ellos construyen su poderío sobre la invisibilización y la anti-autonomía de las mujeres. Nosotras tenemos que luchar sus batallas. Pero ellos no las nuestras. Nosotras tenemos que ponerlos en el centro, pero ellos no a nosotras. Y por cada paso en la dirección contraria, es decir, en la dirección de ganar nosotras autonomía y colocar nuestras luchas en el centro, ellos sienten que su propio poderío y su propia autonomía se derrumba. Como poderío, Lagarde define: “un conjunto de poderes positivos para vivir” (Claves feministas, 4).

Entonces, la autonomía de la mujer representa un desafío en el pacto social de los géneros. Ganar en autonomía de la mujer “implica una revolución en el campo del poder, involucra cambios profundos en la autonomía existente de los hombres, que es su propia construcción de género masculina. Por lo tanto implica transformar la construcción de género de los hombres, aquella que se ha construído sobre el impedimiento de la autonomía de las mujeres. Es por ello que construir la autonomía de las mujeres, implica transformar la autonomía de los hombres” (Claves feministas, p. 14).

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El análisis de Lagarde es útil para mirar lo que pasa al interior de muchas organizaciones de izquierda en Colombia y en su diáspora. El ser mujer en estos grupos implica de nuevo un “ser para otros” (Claves feministas, 15), es un espacio donde el rol debe ser de apoyo a “la causa” que es definida por los hombres. El problema social y político a transformar es formulado por los hombres que además formulan la estrategia de lucha. En estos términos, la izquierda que se dice luchar por la “justicia social”, de antemano define qué es “justicia social” y en ese marco decide también que la autonomía de las mujeres no hace parte de ella. Si lo hiciera, no resultaría tan amenazante las mujeres que al interior exigen una voz y presentan una agenda propia. Cada aviso de esta autonomía es tradicionalmente recibida por la “izquierda” como una amenaza contra su proyecto y su forma de estar en el mundo. En esta luz podemos ver que no ha sido la izquierda la que haya decididamente liderado la defensa del derecho al aborto, ni la que estaba capacitada para liderar la ley de cuotas femeninas en las listas de cargo de elección ni otras luchas claves de los derechos específicos de las mujeres. En el caso del PDA por ejemplo, los procesos de formación política de las mujeres iniciaron después de aprobada la ley 1475 del 2011, y esta formación era principalmente financiada por la Cooperación Internacional. Al acabarse el apoyo de la cooperación, también se acabó la formación política de las mujeres (Dejusticia, Documentos 14, p. 35). Esto también lo corroboré en el caso de la UP que a pesar de que son más las sobrevivientes mujeres y que ellas han llevado el trabajo de memoria en alto, en las últimas elecciones, después de cumplir la cuota de candidatas, le exigieron a todas que hicieran campaña al congreso por el número uno de la lista. Por el patriarca. Y los recursos de propaganda se fueron para la campaña de él. De nuevo las mujeres cumplen con su papel de “ser para otros”, en este caso, de hacerle campaña a otro.

Urge un espacio de mujeres que construyan su autonomía política en la izquierda colombiana. Porque urge el análisis de los problemas del país con una perspectiva insterseccional que analize las opresiones de clase, pero también de género, de raza, de generaciones. Urge una izquierda criolla que se posiciones frente al escenario de construcción de paz que se avecina y donde las transformaciones sean con hombres y mujeres que se re-piensen su lugar en el mundo, las relaciones entre los géneros, las relaciones de poder entre ellos y ellas. Que las transformaciones involucren una transformación de la no-autonomía de las mujeres y de la existente autonomía de los hombres. Que el reacomodo de las ideas y las prácticas en la construcción de paz toque también ese ámbito de tensión entre hombres y mujeres. Sólo con mujeres autónomas, realmente libres y sujetas políticas, vamos a garantizar una transformación de espacios violentos como la familia y al interior de los movimientos de izquierda, unas estrategias más incluyentes y que se den en el quehacer diario, en la práctica y no sólo en el discurso. Si este trabajo hubiere comenzado mucho antes, la izquierda no hubiera tenido que estar tan callada ( y tan perdida) en el debate de género que la derecha viene planteando en su proyecto reaccionario de sociedad. Lo que hasta ahora hemos visto son líderes y movimientos de izquierda corriendo a su cascarón maloliente.

Bibliografía:

Lagarde, Marcela. 1997. Claves Feministas para el Poderío y la Autonomía de las Mujeres. Ed. Puntos de Encuentro.

Guzmán Rodriguez, Diana; Prieto Dávila, Sylvia Cristina. 2013. Participación Política de las Mujeres y Partidos. Posibilidades a partir de la reforma política de 2011. Documento 14. DeJusticia.

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