Angola escena 1: La bendición

Publicado: 21 noviembre 2014 en Mundo

14 de noviembre 2014.

Llego a la oficina de la ADRA – Acção para o Desenvolvimento Rural e Ambiente – en la ciudad de Huambo a las 8:00 am, como habíamos acordado Paulo, Adalberto y yo.

Ya conozco el camino, es la segunda vez que lo recorro. Sólo hace dos días estoy en Angola y justamente el todo ser nuevo me lleva a tener las antenas en perfecto funcionamiento: memorizar caminos, símbolos, dónde puedo comprar agua, dónde es la oficina, el hotel.

Huambo es la tercera ciudad de Angola en tamaño pero parece más un pueblo. Y no sólo eso, un pueblo saliendo de sus cenizas. Emergiendo como el ave fénix. Casas aún destrozadas, abandonadas, impactadas por tiros. Un centro muy deprimente lleno de gente vendiendo lo que puede en las calles, polvoriento, fachadas deslucidas. Hasta las oficinas más “elegantes” de la empresa de telecomunicación Unitel parecen haber pasado hace ya muchos años por sus mejores días. La plaza de mercado exhibe en la tarde unas frutas casi podridas que aún parecieran esperar ser compradas por algún hambriento que vea en ellas una salvación, un poco para el estómago.

Huambo

Huambo

Justo antes de llegar a la oficina de la ADRA, que queda en todo el frente de un rondell, paro para mirar bién los carros y motos que parecieran que vienen de todos los lados prestos a arrollarme si me muevo un centímetro. Debo pasar el rondell. Primero una calle, luega la otra. El día que llegué, miércoles 12 de noviembre, cuando el carro de la ADRA giraba por el lado del rondell que lo llevaba al parqueadero de la oficina, vimos, el chofer y yo, un estrambótico accidente: una camioneta levantó por detrás una motocicleta conducida por un hombre, que llevaba atrás a su hijita de no más de 5 años y a su esposa. Esposa e hija sobrevivieron. El padre murió en el acto. Eso fue lo primero que vi. Lo segundo fue una mujer negra angolana que venía a ver qué había pasado y llevaba sobre su cabeza una gran olla plateada con mangos. Yo hace rato no veia ni un accidente así, ni mangos.

El accidente me alertó: esta es una ciudad peligrosa en cuanto a pasar la calle se refiere. Así que el rondell para llegar a la ADRA se convirtió en el trayecto que más me demoraba en caminar.

Pero llego a la oficina a las 8:30 am del viernes 14 de noviembre. Y Paulo me está esperando. Se ríe como siempre. Paulo sabe sonreir pícaramente. Es innato. No es que se esfuerce. Tiene linda dentadura. A pesar de tener 39 años, Paulo tiene una piel de veinteañero. Es un hombre chusco, para usar el término de las abuelas.
Antes de llegar a Angola, ya habíamos conversado por Skype. Ya yo sabía cómo era Paulo, estaba acostumbrada a ver su sonrisa. Oír su portugués. Ya casi que nos conocíamos. Somos colegas. El es el coordinador en Huambo de un proyecto de apoyo a las organizaciones de campesinos. Yo le hago monitoreo y evaluación al proyecto financiado por la cooperación sueca.

El carro ya estaba listo. Nos montamos. Paulo se sube sin problema. Ya es mi segundo día y ya no percibo su discapacidad. Paulo no camina como yo, sus pies se retuercen hacia la derecha, sobre todo el izquierdo, que se dobla fuertemente, más que el derecho y hace que Paulo además de cojear, cojea hacia la derecha con todo el cuerpo. Esa parte no la ví nunca por Skype y fue una sopresa para mí cuando él me recibió en la oficina el día 12. Unas horas pasaron para que yo dejara de ver la discapacidad física, y nunca pregunté qué le pasó. Pero estoy muy convencida de que Paulo debió haber sido de esos niños que sufrieron de poliomyelitis en su infancia, cuando nació en 1975, el mismo año en que Angola declaraba su independencia de Portugal.

Paulo entonces se sube sin problema al altísimo jeep que nos va a llevar hacia la parte rural del municipio vecino de Longonjo. Yo en cambio tengo problemas subiéndome al jeep y ya sé que ahí nunca me subiré con falda.

Todos insisten en que yo me siente en la parte delantera, al lado del conductor, Louis, quién además es el dj del viaje y me enseña que Teta Lendo es uno de los grandes cantantes angolanos que hace poco falleció. Vamos escuchando: Eu vou voltar. La canción atrae mi atención, Teta Lendo sabía también de mi sentir, “eu vou voltar, a questão é esperar” – yo voy a volver. La cuestión es esperar. Teta Lendo canta una canción del exilio. Compartimos la experiencia de la guerra, del estar lejos de donde fuimos felices, de donde nos enamoramos por primera vez, de donde nacimos.

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Camino Huambo-Longonjo

 

Entonces, me volteo y le pregunto a Paulo: Paulo, y usted siempre ha vivido en Huambo?

Paulo: “Eu sou du Bié (y continuando en portugués) pero vine a vivir aquí muy pequeño. Prácticamente soy de Huambo. Viví aquí durante la guerra, cuando muchos se fueron”.

Yo: “Y cómo fué eso? Nunca lo reclutaron?”

Angola fué liberada en 1975 del yugo portugués. ” O portugués não saiou de aquí só assim, ele saio pela força das armas mesmo” me dice João, uno de los conductores de la ADRA. Y por eso, en Angola se celebra el 4 de Febrero. Día del inicio de la lucha armada.
Sin embargo, lo que se vino no fué la construcción pacífica de un país soberano. Desde 1975 hasta 2002, la guerra civil entre UNITA (apoyado por los Estados Unidos) y el MPLA (apoyado por Cuba y Rusia), casi acaba con el país. Cuando Savimbi, el comandante de la UNITA fué muerto en 2001 y USA retiró el apoyo a la UNITA, se firma la paz en este país. Para ese momento, Paulo tenía ya 27 años, y había por tanto vivido toda su vida en medio de la guerra.
Hoy el MPLA ya no se liga a una política socialista, sino de economía de mercado particular, made in Angola, de un partido fuerte, gran ingerencia de un Estado centralizado, y dependencia casi total del petróleo, sin el cual Angola no podría financiar más de la mitad de su presupuesto para 2015 (presupuesto presentado ayer 20 de noviembre en Luanda).

Mi pregunta a Paulo es porque yo iba haciendo matemáticas. Era un hombre jóven en Huambo, uno de los territorios dominados por la UNITA. Casi destruído por la guerra, una ciudad sitiada donde no se podía ni salir, ni entrar. (Algunos lograron escapar y se convirtieron en refugiados en su país).

Paulo me responde: “Pois não. Por causa da minha deficiência física”.

Yo: “Uma benção então”. Una bendición.

Paulo: “Uma benção mesmo” – exacatamente una bendición.

Debido a su discapacidad, nunca fué reclutado por la fuerza como muchos hombres jóvenes en la época. Paulo más bién se dedicó a aprender inglés. Se convirtió en traductor de la Cruz Roja, una de las pocas organizaciones que no salieron de Huambo.

Paulo: “La UNITA creía que yo era zambiano. Me paraban en los retenes, y yo les decía que nó, que yo era angolano. Es que no me creían porque yo hablaba inglés, y ningún angolano hablaba inglés, pero yo me inscribí a un curso y me propuse aprender. Fué así que yo pude sostener a mi familia, con el sueldito que me pagaba la Cruz Roja y también porque ellos, la Cruz Roja, me regalaban comida. En ese momento de la guerra, a Huambo no entraba ni salía comida. La comida era de la UNITA. Olha, eu vi gente morrer de fome! Ví con mis propios ojos, gente morir de física hambre. Sobre todo los hombres morían de hambre. Já vi isso. Yo no conocía afuera de Huambo, sólo vine a salir de Huambo en el 2002, cuando se firmó la paz. Ahí fué que conocí el país fuera de Huambo. Y por eso es que yo le digo, la guerra es lo peor que hay. Ahora la lucha continúa, por un vida digna, por una justicia social (sí, en Angola también hablan de justicia social, derecho a la tierra, al retorno) pero por lo menos, podemos trabajar para eso, intentar construir, no sólo ver destruir”.

Después de casi cuatro horas, llegamos a la aldea Ayenya, donde un grupo de aproximadamente 45 campesinos y campesinas nos estaban esperando. Con la bebida de maíz con la cual acostumbran a recibir a sus visitas. Estos campesinos no hablan portugués, y una vez más Paulo actúa de traductor, de portugués a umbundu y vice versa. Este grupo de camponêses hoy están organizados y adelantan un proceso de legalización de su tierra, porque como decía uno de ellos: “nosotros pensábamos que la tierra era nuestra, porque aquí habían vivido nuestros antepasados, y después vino la ADRA y nos dijo que teníamos que conocer la ley y legalizarla. Que sin o teníamos un papel podían después venir y quitárnosla. No sabíamos como se hacía eso. Entendimos que debíamos organizarnos”.

Y así es como me voy sintiendo en casa… tan lejos de casa.

Paulo

Paulo

Ayenya, reunión con campesinos

Ayenya, reunión con campesinos

 

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