Yo vivo y olvido

Publicado: 22 mayo 2014 en Cotidianas, Culturales, Memoria

Cuando El Olvido que Seremos llegó a mis manos corría el año de 2007.  Lo leí cual sediento bebiendo en una fuente de donde sale un chorrito. Estaba deseosa de historias así, de memorias construídas desde la más íntima subjetividad, relatos que nos mostraran que toda esa gente muerta en efecto, más que un número, eran soñadores y soñadoras que creyeron que lo imposible mueve lo posible.
Me identifiqué con Héctor Abad en su rol de hijo. Yo también me había convertido para ese momento en una hija más sobre cuyos hombros le era puesta la dura carga de la memoria, del vivir para contar.

Para el lunes 19 de mayo tenía escrito en mi agenda: 17:45 Conversatorio con Héctor Abad Faciolince. Biblioteca Real de Estocolmo.
Llegué temprano, me tomé un té en la cafetería de la biblioteca, miré por sus grandes ventanas de castillo hacia un cielo nublado y gris que siempre pareciera sacarme la lengua y decidí no mirar más para afuera y mejor adentrarme en el periódico que estaba sobre una de las mesas de las cafeterías.
Faltando aún media hora llega el escritor en persona, reconoce inmediatamente en mi físico que soy colombiana porque con una sonrisa y un “buenas” delata que me descifró. Nada difícil. Debe dejar todas sus pertenencias en el casillero como todos los demás y después salimos hacia el auditorio.

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En el marco del III Festival de Culturas Iberoamericanas se realiza este conversatorio que la semana anterior y esta han reunido a varios autores y autoras latinoamericanas y que inició con un homenaje a Gabriel García Márquez.
Antes que nada saluda a la audiencia diciendo “vengo de un país que no puede ser más distinto a este”. La mitad del auditorio lo sabemos, y lo vivimos todos los días sin importar cuánto tiempo hemos estado aquí y cuánto nos hayamos “adaptado” o adoptado este país como el nuestro. La extraordinaria experiencia de rehacer la vida cotidiana en un lugar tan distinto nos obliga siempre a esforzarnos o por olvidar, o por seguir recordando. Es la vida del migrante. Y es con esa vaga intención de acercarse a lo lejano y familiar que muchos y muchas llegaron hasta esta biblioteca. Volver a escuchar el acento paisa y sentir que no podíamos venir de un lugar más distinto a este.
Era apenas de esperarse que el moderador del Instituto Cervantes le preguntara a Héctor Abad sobre su relación con Gabo. “Ya se estaba despidiendo de la vida. Primero armó una fiesta para decirle a sus amigos que iba a dejar de escribir. Después empezó a perder la memoria, y por último murió del todo”. Además reveló la infidencia de que Gabo tenía muy mala ortografía.

Para Héctor Abad la escritura siempre ha estado presente en su vida. El moderador estaba interesado en saber cuándo había empezado a escribir y el escritor le responde con una anécdota: “Yo antes de saber escribir, ya escribía porque cogía la máquina de escribir de mi papá y juntaba J con K con L y mi papá me celebraba eso. Además es que la escritura entra por las orejas”. A un niño que se le lee  es muy probable que también empiece a escribir.

Yo noto en la anécdota al padre. A la memoria. Al recuerdo. A veces, es imposible responder una pregunta sobre el pasado sin pasar primero por una anécdota, una imagen que viene a la mente como aquellas imágenes que eran proyectadas en una pared a partir de una máquina que pasaba una serie de imágenes estáticas rápidamente y con esa velocidad nos hacía creer que era una película en movimiento. Es una imágen que viene, y después la otra, y después la otra y poco a poco vamos formando la película de nuestro pasado. De vez en cuando falta una pero pasándola con gran velocidad en el proyector de nuestra mente, pasamos por alto esa pequeña fractura en la memoria. La película continúa. Y pensamos que recordamos muy bién, justo esa parte de la película. Esas celebraciones del padre al hijo, contribuyeron para que después el hijo escribiera la historia del padre.

“Trabajas la memoria y la historia de tu país”, le dice el moderador del Instituto Cervantes a Héctor Abad con un acento muy español que suena brusquísimo en el contraste del español paisa de Héctor Abad, que pareciera pedir permiso para contar después de recibir la órden de hacerlo.

“Yo vivo y olvido. La memoria me obsesiona mucho porque no la tengo” le responde el escritor. Entiendo. Yo también me he pasado el último tiempo escarbando en mis memorias y a veces me percato que he vivido y olvidado. Y que hacer memoria me ha causado mucho dolor y me ha convertido en una persona sumamente nostálgica. “Yo quería olvidar, me convertí primero en un escritor frívolo” dice Héctor Abad, y yo reconozco en ello un paso lógico después de ser azotado con la violencia. Uno quiere olvidar. Creo que muchos de los que están en la audiencia lo intentan todos los días para poder ocupar un espacio como ciudadanos en este país. Para enfrentar el racismo en sus lugares de trabajo, para enfrentar la vida cotidiana y sobrevivir. Olvidar puede ser una estrategia de adaptación a un medio hostíl. La asimilación del inmigrante a la que me he opuesto cual loca que no se deja poner la camisa de fuerza.

“Nicanor Parra me dijo una vez que lo visité en su casa en Chile que él no creía mucho en la fantasía sino más bién en la capacidad de observador del escritor, que un buen escritor se basa en el buen oído y las memorias de otros”. El Olvido que Seremos adquirió su carácter a partir de muchas entrevistas con gente que conoció a su padre y el toque último fueron los detalles que recordaba su familia. El “te faltó esto!” que le decían sus hermanas y su madre (que aún vive), fue lo que finalmente edificó el libro y lo lleno de adornitos sin los cuales hubiese sido un como arbolito de navidad sin brillanticos y cositas que cuelgan. Los detalles!

Héctor Abad responde a una pregunta de una mujer en la audiencia que dice haber conocido a su papá en Medellín. La pregunta era: “Ha perdonado a los asesinos de su padre?”. La respuesta fue: “El perdón suena muy católico. Qué es el perdón? Creo en eso de que el olvido es la única venganza y el único perdón. Para mí lo importante es la verdad, más que la justicia. Mi venganza es escribir mi versión de los hechos – que es lo que más se acerca a la verdad”.

Para Héctor Abad la justicia no es lo más importante, sino sobre todo conocer la verdad, y yo tiendo a coincidir. Para él era importante dejar en claro que su padre sí había sido asesinado por paramilitares, y que esos paramilitares no sólo mataban guerrilleros, sino gente civil defendiendo sus ideales sin armas y sin la práctica del secuestro. “Ellos decían que mataban sólo secuestradores, pero mi papá no era un secuestrador y condenó duramente esa práctica”.

Yo tomo nota. Las ideas son poderosas. Detrás de nuestro conflicto, las ideas son las que nos dan la llave a entender este charco de sangre. Aún cuando un lado ha querido “desideologizar” a la guerrilla, también esto está dentro del juego de ideas; es indispensable presentar al contrincante como un terrorista inhumano para hacerse puntos. Pero vivimos ya y nos proponen un sistema inhumano y degradante! No sólo nos lo proponen, nos dicen que es la única alternativa. Y de hecho lo han convertido en la única alternativa (Uribe o Santos? – o Peñaolsa o Ramírez?) Y una sola “paz”.

Para Héctor Abad era importante hacer conocer que su padre era un soñador, un utópico que “hizo de su vida una obra muy hermosa que yo pude contar”. De hecho, creo que todos los que leímos El Olvido que Seremos quedamos con la inquietante sensación y tristeza de que alguien bueno y profundamente humano fue asesinado. No en una guerra sinsentido. Al contrario, en una lógica asesina de esa idea contrapuesta a este ideal humanista; una lógica asesina que le gusta el olor a muerte (como bién el conocido hacker Andrés Sepúlveda publicó en un tweet).

Desde este punto de vista juzgo su razonamiento de que más que justicia (“qué gano yo que se pudran en una cárcel?”) más bién es la verdad la que el persigue. Entender por qué lo mataron.

Creo que muchas víctimas se identifican con esta idea. Los muertos no van a volver con una condena. (Aunque con Hanna Arendt digo que hay una responsabilidad política de mandar a una cárcel a las cabezas maquiavélicas que han producido semejante idea y puesto a lacayos a cometer el trabajo sucio mientras estos maquiavelos de platanal se han regocijado en las ganancias de que nos matemos).
No van a volver. Y ya nos truncaron muchas vidas, proyectos de vida y nos han dejado a muchos hijos e hijas imaginando qué consejos nos habrían dado nuestros padres y madres en los momentos en que más lo necesitamos.  Hubiésemos querido que ellxs mismos contaran su historia.

Aunque le pregunté a Héctor Abad por su método para escribir sobre la memoria, y él me dió sus consejos (escuchar! los detalles! decide muy bién qué vas a hacer con los vacíos!) no pude yo contarle que mi historia a ser contada es sobre una víctima que nunca contempló la posibilidad de dejarse asesinar en una calle con nada más que un poema en el bolsillo de la camisa. “Estamos en un proyecto de vida y no de muerte”, fue lo que me dijo en una noche estrellada de chicharras. Los detalles.

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