Entradas retrasadas

Publicado: 5 febrero 2013 en Culturales

Esta es una de esas entradas retrasadas (tengo muchas) que de todas formas no quiero dejar en el baúl de las “ideas pasadas”.

Antes de regresar de Cartagena, fuí a varias conferencias más. Aquí un comentario de dos:

La primera es la de Herta Müller, la premio nobel rumana que vino a Cartagena para un conversatorio y para recitar poesía en la Plaza de la Aduana – bajo un cielo precioso; en el mejor de los lugares para recitar.

Pero me voy a enfocar en el conversatorio que tuvo lugar el viernes 25 de enero en el Teatro Adolfo Mejía. Müller, residente en Berlín desde finales de los años 80, es una ferviente crítica del régimen del líder comunista Nikolaj Ceacescu que ocupó el poder entre 1969 y 1989.  Era una hora de conversatorio de los cuales 15 minutos muchos perdimos pues el idioma era alemán con traducción simultánea al español, pero los aparatos para la traducción demoraban para adquiriéndolos en colas que canjeaban estos por las cédulas. En fin, la conversación entre Müller y Philip Boehm (su traductor al inglés) dejó con un cierto sinsabor…

Herta Müller en el Teatro Adolfo Mejía de Cartagena

Herta Müller en el Teatro Adolfo Mejía de Cartagena

Era uno de los conversatorios más esperados junto con el de Vargas Llosa (quien según me dijeron hizo uno muy bueno pero al cual yo dejé de ir porque ya lo había visto en Estocolmo hace unos 4 años). Una hora – o los 45 minutos que pude oir con traducción – fueron dedicados a hablar a sobre su niñez en Rumania y la forma en que ella veía su entorno como niña. Un lapso corto de su vida antes de irse a hacia Alemania, porque no resistió el régimen y su persecusión hacia ella.

Müller pertenecía a una minoría que hablaba alemán, y tuvo que aprender rumano en la escuela, por profesores que también pertenecían a la minoría alemana. Vivían en el área rural y Müller, hija única, se crió entre vacas y demás animales. “Mis amigos eran los animales, y mi trabajo era evitar que las vacas se salieran de nuestra finca y se fueran a pastar a las tierras del Estado, porque todas las tierras afuera eran del Estado, y nuestras vacas no debían dañar las tierras del Estado”.  Así que desde niña, aunque ella no lo dice claramente en el conversatorio, la relación con el Estado no fué una relación tranquila o relajada… más bién una relación estresante, como aquellas que se tienen con los “malos vecinos”.  Müller aprendió sobre las plantas, conocía sus nombres populares y después aprendió sus nombres del latín. Este conocimiento de las plantas es después utilizado en sus libros. De niña, ella hacía una clasificación entre las plantas “del régimen” y las de “la gente”. Y un tercer grupo; las plantas “sin carácter”. Estas últimas eran por ejemplo los tulipanes, que eran usados en los funerales de la gente y de los políticos importantes, “se dejaban llevar de aquí para allá, se dejaban usar de un lado y del otro”, por eso eran plantas sin carácter. Las del régimen eran plantas verdes, bellas, imponentes que adornaban los edificios del gobierno y los balcones de las casas de los políticos. Las de la gente eran las plantas más comunes, las que perdían sus hojas en otoño, las que se marchitaban y renacían, las feitas, plantas “de verdad”, que sufrían, que mostraban emociones.

Que buen relato! Creo que eso caracteriza a los escritores más aplaudidos, son ante todo, muy sensibles, su imaginación no es más que una alargue de sus sensibilidad. Su relación con Dios también fue tocada. Sus padres eran católicos y le inculcaron esta creencia en Dios cuando Rumania era gobernada por un ateo. Sus padres le enseñaron y le inculcaron el tan difundido “temor a Dios”. Así que la niña Müller siempre creía que Dios estaba viendo todo lo que hiciera con una cara de viejito regañón. “Si mis padres se iban y me dejaban sola para limpiar la casa, yo pensaba; lo hago a medias, meto la basura debajo de la alfombra. Pero después pensaba; bueno, Dios me está viendo, así que mejor hacer las cosas bién”. En algo Müller sí coincidió con el régimen: esto es nonsense – un sinsentido. “Cuando me fuí a la ciudad a estudiar, ya como una muchacha, acostumbrada a temer a Dios, ví que tenía que vivir, tenía que ser jóven, y entonces dije: Dios no está”. De esa forma se quitó de encima esa mirada de un viejito regañón y adoptó en cambio la posición de un régimen que tampoco invocaba a  Dios.

Se fué a Berlin cuando comprendió que nada iba a cambiar en Rumania y su hastío por el régimen comunista era cada vez mayor. Su abierta confrontación en las fábricas donde trabajó resultó en que tuviera que cambiar constantemente de trabajo. Y se fué. Lastimosamente el conversatorio no dió para tocar más temas y  profundizar por ejemplo en la obra de Müller o en su crítica al comunismo. No fué una conversación muy fluída y puede ser esto debido a que el Boehm no dirigió muy bién la conversación para sacarle más sustancia en una hora. Era sin duda una tarea difícil de realizar en una hora, pero se hubiera podido hacer más de lo que se logró. La revista Arcadia en su última edición tradujo apartes de un diálogo que Herta Müller entabló con el filósofo Gabriel Liiceanu cuando ella volvió a Rumania después de recibir el Nobel.

El otro conversatorio sobre el que me parece interesante escribir es el que Maria Teresa Ronderos, directora de VerdadAbierta.com  entabló con  la periodista Sibylla Brodzinsky y el investigador social Max Schoening sobre su libro: “Throwing stones at the moon” (Tirándole piedras a la Luna). Un libro hecho sin ánimo de lucro, donde ambos recogieron testimonios de víctimas del conflicto colombiano, 23 en total. Víctimas de toda clase: madres de falsos positivos, una sindicalista, defensores de derechos humanos, ex-secuestrados etc. “La idea era tener víctimas de los diferentes actores armados, tanto de la guerrilla como del Estado”.  Ambos afirmaron que la motivación primera para escribir el libro fué dar a conocer una visión más profunda del conflicto colombiano en los Estados Unidos, donde se tiene una visión aún muy terciada por lo que pasan los medios de comunicación masiva; una visión superficial y muy simplificada donde prácticamente se cree que el único problema en Colombia es la guerrilla y el narcotráfico. Sibylla ha vivido 13 años en Bogotá y Max “descubrió” el conflicto colombiano sólo hasta 2007, cuando estuvo haciendo unas transcripciones de entrevistas de víctimas colombianas.

Durante meses estuvieron recorriendo el país recogiendo testimonios. En parte gracias a la ayuda de ONGs; algunos otros por el trabajo de Sibylla como periodista y una de las personas entrevistadas fué encontrada por Max en una calle de Medellín. Lo que más les parece a ellos que este libro puede dejar es que aunque las cosas han mejorado en ciertos aspectos, Colombia aún vive en miedo y en algunas zonas la guerra en vez de ir desapareciendo paultinamente, se está recrudeciendo: “Todavía hay mucho miedo. Tuvimos que cambiar nombres y en ocasiones lugares también”, cuenta Sibylla.

A la pregunta de Ronderos: qué creen ustedes que nosotros los colombianos estamos haciendo mal? Por qué creen que repetimos y repetimos esta violencia? A esto, Sibylla respondió: “creo que es que no se ha reconocido propiamente a las víctimas. Primero debe haber un reconocimiento de que hay víctimas y eso croeo que se está logrando en los últimos años”. 

Me parece también que un primer paso para la paz es justamente ese reconocimiento de que 1- tenemos un conflicto (el anterior gobierno no lo hacía) 2.- tenemos víctimas que ha dejado este conflicto. En esta última categoría, aunque las víctimas se están empezando a reconocer, es también importante reconocer los victimarios, porque no hay víctimas sin victimarios. La guerrilla está plenamente reconocida como uno de los victimarios. Pero lastimosamente, el Estado (en cabeza del Gobierno y de sus fuerzas armadas) no han reconocido su rol de victimarios abiertamente. Esto puede ser una piedra en el zapato y bién grande para el proceso de paz.

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