Sangre en tu celular

Publicado: 12 junio 2011 en Mundo

Anoche tuvo lugar una actividad/conversatorio realizado por la Red Colombia (Colombianätverket), una ONG en Suécia que tiene como objetiv0 informar a la comunidad sueca sobre temas sociales en Colombia para crear sensibilidad.

La actividad puso énfasis en la explotación de recursos naturales y la forma como esta explotación atiza conflictos armados en otros países. Empezó  mostrando la película Blood in the Mobile (Sangre en el celular) – del documentarista danés Frank Poulsen, el mismo que hizo “Guerilla Girl” hace unos años.

Este documentarista es del tipo atrevido, en el buen sentido de la palabra. Se arriesga a hacer películas controversiales como “Guerilla Girl” y que a la vez pueden ser peligrosas de realizar. La sensación cuando uno vé Blood in the Mobile es que fué tremendamente difícil hacerla y llegar hasta la mina ilegal más grande del Congo: Bisie. En esta zona se encuentran distintos grupos armados que tienen el control de la mina y su preciado tesoro: coltan y cassarite. Dos minerales usados en la fabricación de teléfonos celulares.

Presentación de Blood in the Mobile en Estocolmo anoche

Llegar hasta la mina representa en sí un riesgo grande para el documentarista que tuvo que hacerlo sin la ayuda de Naciones Unidas, quienes no se atrevían a llevarlo hasta allá por el peligro de seguridad. En el Congo se libra una guerra fatal, donde como siempre la población civil es la que pierde más. En una escena, un habitante de Walikali, cerca a Bisie, le comenta al documentarista cómo una mujer fue obligada a ver como despedazaban a su esposo, después obligada a reconstruirlo en sus partes, para después ser violada por varios hombres de un grupo armado sobre los restos de su esposo, y en últimas obligada a mascar su pene. Una locura casi que incomprensible, pero que lastimosamente me llevó a pensar en lo que los paramilitares hacen también en los campos colombianos; los hornos crematorios, los descuartizamientos, las fosas comunes.

La mina de Bisie es un lugar enorme en la mitad de la selva. Poulsen relata que de tanto explorar en la montaña, ésta parece que se fuera a derrumbar. El daño ecológico es grande. Se entiende también cuando se vé que la mina no es sólo una mina sino un gran caserío de casas improvisadas sobre la superficie de la montaña donde los mineros; hombres, mujeres y niños, viven en la más absoluta miseria. Encerrados por un cerco de militares de los distintos grupos armados, entre ellos el ejército congolés, quienes piden un pago para entrar y salir de la montaña. Muchos han entrado pero después no tienen plata para pagar su salida. Allí se quedan como esclavos escarbando el coltán y el cassarite que después es enviado a la capital y desde ahí a Europa y Estados Unidos para la producción de entre otras cosas, teléfonos celulares. Las transnacionales pagando por el mineral y financiando la guerra en el Congo.

En una escena, un servidor público del ministerio de Minas en Congo, no puede entender que haya alguna contradicción en que él además de trabajar para el ministerio, sea minero también, osea comprador del mineral. Como servidor ayuda además a compañías privadas a obtener licencias de explotación, algo a lo que también se dedica en privado, como una especie de lobista. Osea sentado en los dos lados, en el estado y en el sector privado sin entender la contradicción, sin entender que por naturaleza estos dos sectores tienen intereses distintos.

Esto también me llevó a pensar en nuestra Colombia, donde lastimosamente nuestros políticos parecen estar más del lado de las compañías mineras que del lado del “Estado Colombiano”, aquél que supuestamente representa nuestros intereses.

Después de ver la película, fue mi turno de hablarle a la audiencia sobre cómo Colombia se ha convertido también en un país minero. La “locomotora minera” de Santos que según el presidente y sus ministros nos va a sacar de pobres. La cosa es que no se necesita lupa para saber que todo eso es un mal negocio. Y yo soy tan mailtintencionada, que creo que Juan Manuel Santos y su gobierno sabe perfectamente que la política minera no nos va a sacar de pobre ni nos dará una mejor calidad de vida a todos los colombianos. Por el contrario, nos van a dejar sin oro y de paso sin agua. Sin carbón y de paso sin bosques. Sin petróleo y de paso sin plata por concepto de impuestos de esa extracción. Sea lo que sea que estén sacando de Colombia, las empresas como la Drummond, la Anglogold Ashanti (que pidió en concesión hasta el cementerio de Suárez, Caucua!), la Greystar (que no creo que desistirá totalmente de Santurbán), se están llevando esos recursos sin darnos nada a cambio. Ni las gracias. Los contratos son tan beneficiosos para esas empresas, que Colombia bién podría llamarse “un paraíso para las transnacionales”. Llegan aquí e invierten 0,93 USD y sacan  1,00 USD a la vez. Osea, el cambio es negativo para Colombia. Se saca más de lo que se invierte. Y me atrevería a afirmar que lo que sacan es mucho más, puesto que aún no hemos contado los costos de los daños ecológicos que nos dejan estas transnacionales.

En Cali lo tenemos muy cerquita. Para ver los daños ecológicos basta ir a l Rio Dagua. O basta recordar el mercurio y el cianuro en el agua potable de la ciudad que los mineros ilegales nos estaban causando hace sólo unos meses. La cosa es que las transnacionales que supuestamente actúan con títulos mineros y por tanto “legalmente”, no serán las redentoras. Minería implica de por sí daño ambiental. Y hay lugares que de por sí, por más del oro que tengan no deberían jamás ser explotados, como el Páramo de Santurbán, donde nacen tantas afluentes de agua. Además, no hay un sólo ejemplo positivo en el mundo donde una compañía minera transnacional no haya causado daños ambientales y sociales irreparables a las poblaciones donde han actuado. 

Aparte de esto, nuestro estado ha renunciado a su posibilidad de explotar los recursos él mismo, para dedicarse al simple papel de recolector de impuestos (muchas veces extra bajos para atraer al inversionista con la llamada “confianza inversionista” de Uribe).

La audiencia anoche fué estuvo muy interesada en todos estos temas y después de la charla se acercaron para preguntar más. La sensibilización de la gente en Europa y Estados Unidos es un paso crucial para alcanzar un cambio. Muchos quieren hacer más, quieren saber cómo ayudar. Son ellos los consumidores más fuertes del mundo y también los que tienen más posibilidades de actuar sin ser amenazados o perseguidos de la misma forma como lo son sus contrapartes en los países del Sur. La combinación de lo que ellos puedan hacer y lo que los activistas en el Sur hacen, es una estrategia muy poderosa. Crear vínculos entre el norte y el sur que se basen en la solidaridad y el respeto y nó en la explotación y la desigualdad, es el objetivo de actividades como la de anoche.

Anoche, empresas como Nokia no quedaron bién paradas. Cada tercer celular en el mundo es de marca Nokia. Y en el documental la empresa primero no quiere ni recibir al documentarista y después, cuando esa estrategia falla, le dice que “estamos haciendo todo lo posible pero es difícil” saber de dónde viene el mineral con el que hace sus teléfonos celulares. En última dice que: “no tenemos nada de qué arrepentirnos” – qué tal arrepentirse y pedir perdón de haberle comprado caucho al rey Leopoldo de Bélgica años atrás, cuando lo traía del antiguo Congo y se hizo posteriormente famoso por cortarle las manos a sus esclavos allá? Y qué tal arrepentirse de que hasta ahora no hayan hecho nada por saber de dónde proviene el material con el que hacen sus teléfonos celulares? Cuando inclusive ya hay hasta un sistema para saber de dónde provienen esos minerales.

El eslogan de la empresa: “Nokia: connecting people” adquirió un nuevo significado ayer.

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