Charla de amigas

Publicado: 14 octubre 2010 en Cotidianas

Mis amigos de infancia y juventud se quedaron aquí, en Cali. En mi tiempo en Suécia siempre envidié a mis amigos suecos que tenían sus amigos de infancia cerca. A los cuales podían llamar cuando quisieran. Aquellos con quienes compartían recuerdos de los primeros juegos, las travesuras, las “escapadas” a los padres, los primeros novios etc. Las primeras veces, que normalmente fueron compartidas con aquellos amigos, que son los amigos del alma. Los otros amigos en la vida van llegando y son igual de importantes, por algo nos volvemos “amigos”. Pero aquellos que conocen el niño/niña dentro de uno, son quizás los que le ayudaron a uno a construir el sentido de la amistad.

Pues bién. Yo tengo un grupo de amigas (todas mujeres, porque por algún motivo, los niños fueron más difíciles para con los cuales compartir secretos, además estudié en un colegio de “señoritas”).  Mis amigas son ese tesoro que uno sabe que tiene en el baúl del alma. Estas amigas me invitaron a tomar café ayer. Bueno, lo cierto es que ninguna toma café. Sólo yo. En cuanto les pedí un café me miraron como un bicho raro y me dijeron que me había salvado porque la empleada tomaba café y por eso tenían en casa! Gracias a Dios todavía hay gente decente que toma café y entiende el significado de tan adorada bebida para la energía y la felicidad durante el día! Qué hubiera sido de un día de reencuentro con amigas en Cali sin una buena taza de café colombiano?  Ellas tomaron gaseosa (Dios las libre!).

Pues bién. Ya una es madre de una nena con una expresión igualitica a su madre de chiquita. La otra no, y no parece querer tener hijos en la vida. Es una médica, una doctora, toda una profesional con los pies bien puestos en la tierra. Ambas son profesionales. Y lo bonito de los reencuentros es que se reconoce tanto del ayer. Ambas, muchachas que se esforzaban en el colegio. Que eran disciplinadas. La una muy pícara, la otra muy seria. Las dos con la misma voz. De algún modo, encajan perfectamente en lo que se han convertido. La doctora responsable y soltera y la madre profesional casada queriendo sacar adelante su familia.

Y la charla estuvo muy amena y me dejaron pensando en muchas cosas. La sociedad en que se han desarrollado no es fácil y muchos amigos de juventud han caido en las prácticas deshonestas del ambiente rudo y duro en el que se convirtieron en adultos. Es difícil por el lado honesto, ganarse la vida, vivir decentemente, cumplir los sueños. Esta es una sociedad que obliga a decidir si luchar y ganarse apenas para el sustento con el sudor de la frente. Ganarse un poco más gastándose las pestañas como mi amiga la doctora. O cogerla más fácil aceptando lo que quizás jamás pensamos que íbamos aceptar. La plata sucia y lo que viene con ella.

“Es que aquí un negocio no prospera si no es con plata por debajo” me dice una.
“Es que nos hemos criado en una cultura traqueta” – me dice la doctora.

Ninguna de mis amigas de infancia fueron niñas ricas. Todas vivían en hogares de clase media, media baja y trabajadora. La gran mayoría con padres académicos, que habían estudiado algo. Profesores y contadores era lo que más resaltaba. Y los trabajadores en fábricas. Ganándose la plata limpiamente y queriendo darles a sus hijas lo necesario para su desarrollo. A casi todas les exigían resultados en la escuela. Nunca  a mí. Pero yo se los daba de todas formas. Mis padres nunca se preocuparon por qué puesto yo ocupaba en el colegio (práctica detestable, no quisiera yo que midieran a mis hijos con los demás, sin embargo lo hacían con nosotros). Siempre fuí de las que ocupé el 2,3,4 o 5 puesto en la clase (sacando el promedio de las notas). Pero a mis padres no les importaba. Me decían que yo podía sacar el último puesto, lo importante era que yo entendiera lo que estaba aprendiendo. Sólo una vez saqué el primer puesto, para mi gran sorpresa, cuando destroné a mi gran amiga de su reinado, y ella casi que lloró al recibir su segundo lugar. Cuando llegué a mi casa, mis padres me felicitaron y me dieron una tarjeta con un “Siempre supe que llegarías lejos” y un perrito que lo lanzaban como un cohete a la luna. Pero me recalcaron, lo importante es que no hayas estudiado para los exámenes, sino para la vida. Por eso, cuando al siguiente periodo bajé de nuevo a mi lugar normal 3, mis padres volvieron a felicitarme y a volver a decir su mantra.

Mi amiga por su parte, no quería ni mostrarle el resultado a sus padres. Le daba pena haber bajado al segundo lugar. Sentía que los había defraudado.

Lo importante para mis padres era que yo aprendiera a jugar siempre limpio. Siempre limpio. No había nada más feo que la deshonestidad en mi casa. La corrupción. El robo. El chanchullo. Mil veces mejor perder el exámen que hacer trampa. Porque lo importante no era la nota, sino que yo supiera lo que estaba respondiendo.

En la charla ayer me enteré de sus vidas. Hemos llegado a diferentes estadios y nuestras vidas son distintas. Pero tienen en común que lo que hemos logrado ha sido jugando limpio. No importa la nota, lo importante es que aprendas. Sin embargo pareciera que en este mundo que hemos construido, tanto el buén estudiante como aquellos que nunca se esforzaron en el colegio, ahora quieren sacar la mejor nota. La mejor casa, el mejor carro, la mejor ropa, el que tenga más plata. El éxito entre muchos jóvenes que crecieron y crecen en esta cultura traqueta, del todo se compra y todo se vende, es medido por lo que se logra materialmente. Usando las armas que estén al alcance. Para una niña, jóven, mujer, quizás esa arma es ella misma. “Estas niñas sueñan con tener un cucho que las mantenga” – me decía Jenny en Agua Blanca. Lo importante entonces no es aprender para valerse por sí misma, sino lo que se consiga. Alcanzar lo máximo. Ser la más (nueva expresión que no existía en mi tiempo antes de irme). Otros quieren ganar con plata por debajo de cuerda. Y así se van tejiendo los destinos.

Quizás al final, se den cuenta de que lo importante no era la nota.

 

Sustancia de sueños en una cultura traqueta

 

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